4-1. España mereció mayor fortuna en Buenos Aires

8 09 2010

Argentina, velocísima al contragolpe, marcó tres tantos en la primera media hora de partido. Tres veces la madera rechazó remates de los de Vicente del Bosque y el guardameta Romero estuvo entre los mejores de la albiceleste.

En el ya viejo estadio Monumental de River Plate, donde Argentina se proclamó campeón del mundo por primera vez en 1978, teatro escénico de un club que hizo escuela del fútbol exquisitamente técnico (Moreno, Labruna, Pedernera, Di Stéfano, el Beto Alonso…) España se ha topado esta tarde bonaerense con un suceso, imprevisto y cruelmente excepcional en su reciente y triunfal historia. Un suceso, además, adverso: a los 13 minutos el campeón del mundo se encontraba con dos goles en contra, uno de Messi, que recibió en posición discutible una cesión de Tévez y decidió con su maestría habitual, y otro de  Higuaín, adelantándose a la defensa y al guardameta Reina; dieciocho más tarde, a esas adversidades se ha añadido una más, el resbalón de Reina al intentar despejar una cesión, accidente que aprovechó Tévez para hacer el tercero de la selección albiceleste.

España se encontró en el estadio de River con un formidable rival que no sólo aprovechó su mortal velocidad al contragolpe, sino, inicialmente, una concesión arbitraria del colegiado que habilitó a Messi para que éste marcara con su maestría habitual el primero de los goles de Argentina. Era un duro golpe porque era un gol tempranero ante un equipo perfectamente armado para el contragolpe y que en el medio rivalizó tocando lo suficiente como para que España no encontrara acomodo ni tiempo para pensar. Cambiasso y Banega ejercieron con la misma maestría como muchos de los mejores españoles a los que se tiene con razón por maestros en ello, de ahí que el campeón del mundo sumara a la adversidad de la primera diana la mayor aún de no poder templar el fútbol que acostumbra. El segundo tanto agudizó la sensación indiscutible de que España se hallaba ante un enemigo de primer orden. Tévez, que dio el pase del primer tanto, se fabricó el segundo, entre la zaga y Reina.

La selección reaccionó a todos esos males con una recuperación evidente, que comandó Iniesta. De la mano de Andrés, el campeón del mundo se rehízo, se adueñó del balón y empezó a moverlo con orden, intención y precisión si bien sin fortuna, porque, nadie sabe por qué, el partido no estaba para eso. A los 27’, un zurdazo imponente de Villa lo repelió la cruz izquierda del marco argentino y a los 40 fue Romero el que sacó una falta que se colaba del “Guaje”. Nueve antes España había sufrido otro grave boquete en su estructura cuando Reina resbaló al intentar despejar una cesión defensiva. Tévez persiguió el balón y marcó a puerta vacía. Era el 3-0 en el que nadie creía y que tenía explicación.

Sin jugar más allá de lo preciso y golpeada por una efectividad demoledora de su enemigo, también por unas u otras causas, España se marchó a la caseta con un lastre exagerado e injusto que nadie presagiaba antes de empezar a jugarse el partido. El desarrollo de éste no lo había avalado Argentina por más que su mediocampo hubiese frenado al español y su zaga, solidísima, cualquier intento de acercamiento a Romero más allá de los dos anunciados. España lo buscó más por la banda izquierda, donde Villa se topó con un Zanetti y un De Michelis fortísimos y vio como Silva era varado en el centro por “Gabi” Milito. La eficacia defensiva de Cambiasso y la firmeza de Heinze evitaron otras opciones, de tal modo que lo que hizo Iniesta, que fue mucho, no encontró continuidad. Por si no había problemas, todos los tránsitos entre el eje del campo y los atacantes de la albiceleste fue siempre vertiginoso. No merecieron lo que merecieron en los primeros 45’ si se tiene en cuenta lo que pasó en cada uno de los goles, pero el fútbol es así.

Del Bosque reordenó el equipo tras el descanso, colocando, precisamente, un punta (Navas) para la banda derecha, a un ariete corpulento para luchar con G.Milito por arriba y a Cazorla para acompañar con más rapidez. Argentina no tocó ni a uno sólo de sus once de salida, naturalmente satisfecha con su excelente rendimiento y con su potencia de fuego. A los cinco minutos, un gran centro de Navas lo cabeceó fuera por poco Fernando Llorente en magnífica situación. No estaba la tarde, una de ésas en las que poco está en relación con lo que sucede, para contar con que el azar favoreciera a España y de no ser por Valdés, que sacó un chutazo de Higuaín tras taconazo de Cambiasso a los 53 minutos, Argentina pudo aumentar su ventaja. Inevitablemente, cada uno de sus acercamientos suponía un susto que sumar a una tarde con demasiados vientos en contra.

Fue una tarde desangelada, una de tantas a las que no estamos acostumbrados desdehace mucho tiempo, pero que pueden surgir de cuando en cuando y por la que no hay que rasgarse las vestiduras. Argentina fue mejor, pero en este caso se encontró, además de con una legión de espléndidos jugadores (Messi, Higuaín, Mascherano, Agüero, los Milito, Cambiasso…) de los que puede presumir, con que ciertos elementos obraron en su favor hasta redondear un triunfo rotundo, accidental, desde luego exagerado, pero no injusto. En la cancha en la que generaciones de bonaerenses saborearon el fútbol insuperable que brindaron jugadores de River, defensores de la escuela del toque y de la habilidad, Argentina se resarció de su frustración del Mundial nada menos que ante quien levantó el trofeo sobre sus hombros. Todo le salió bien y esas cosas cuentan. No pasó con España, que por mucho que lo buscó se topó siempre con un contrario de cuerpo entero y cuando pudo con él con la madera, que a los 73’ volvió a devolver otro remate de España, ahora de Cazorla y después con un disparo de Pedro, que salvó el también segurísimo Romero. A los 81, sin embargo, el cancerbero no pudo evitar que una jugada de Pedro con pase a Llorente lo remachara éste revolviéndose para marcar por bajo. Inmediatamente una colada de Navas volvió a poner el corazón en un puño de los argentinos.

La contundencia de la derrota no debe impedir ver el bosque. Hay días en los que más allá del resultado uno debe reflexionar sobre la forma en que se ha producido. Éste es uno de ellos. Ni el ganador, implacable en los metros finales, mereció tanto ni el vencido, tan poco. Pero, como les decía y les reitero sin sonrojo, el fútbol es así. Y como es así, así debe ser tomado. Les aseguro, empero, que el campeón sigue por donde solía, siendo lo que es. Aunque el 4-1 del Monumental de Vélez no parezca demostrarlo.

Ficha técnica:

Campo.- Estadio Monumental de River Plate. Lleno. Sesenta y cinco mil espectadores. Tarde soleada y agradable. Algunos españoles en las gradas.

Resultado.
Argentina, 4  (Messi, Higuaín, Tévez y Agüero); España,1 (Fernando Llorente).

Goles.
1-0 (11’). Messi recibe un pase de Tévez en fuera de juego y pica el balón sobre Reina.
2-0 (13’). Tévez mete un balón profundo a Higuaín, que gana por velocidad a la defensa y a Reina.
3-0 (31’).- Cesión defensiva a Reina, que resbala al intentar despejar el balón. Tévez lo persigue y marca.
3-1 (81’).- Jugada de Pedro por la izquierda, con cesión a Llorente, que se revuelve y marca por bajo.
4-1 (90’).- Centro de Heinze que pica Agüero de cabeza.

Argentina: Romero; Zanetti, De Michelis, G. Milito, Heinze; Mascherano; Banega, Cambiasso, Tévez (De María, 60’); Higuain (Agüero, 68’) y Messi (D’Alessandro, 86’).

España: Reina (Valdés, m.46); Arbeloa, Piqué, Marchena, Monreal; Busquets, Xabi Alonso (Pedro, m.71); Iniesta (Cazorla, m.46), Silva (Navas, m.46), Cesc (Xavi, m.56); y Villa (Llorente, m,46).

Árbitro.- El colegiado colombiano Óscar Ruiz. Amonestó a G.Milito (11’), Cambiasso (18’), Arbelona (22’), Cesc (23’), Monreal (67’), De María (75’) y Marchena (86’). Anuló acertadamente un gol de De María a los 62’ por fuera de juego.


Texto: RFEF – Luis Arnáiz

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